“Llegó un momento en el que solo quería ser persona”

Beñat Intxausti - Team Sky 2016

Beñat Intxausti recorre el calvario de una campaña en la penumbra por culpa de una mononucleosis que le apagó la salud y el ánimo y que pretende olvidar para encarar con ánimo su segundo curso en el sky.

Julio, que es luminoso, vitalista y amarillo por el Tour y por el sol, alegre y fortachón, fue un eclipse, noches oscura, teñida de negro, para Beñat Intxausti, deshabitado, vacío, cuando expuso su cuerpo a la competición en el corazón del verano. En Polonia y Eslovenia, lejos de casa, supo Intxausti que el calvario que le perseguía sin descanso desde mediados de febrero no le dejaría en paz. La mononucleosis que padecía -diagnosticada el 23 de febrero, que le laminó hasta evaporarle del tronco de la temporada-, se la había jurado. “Salí a competir porque me encontraba mejor, pero fue un suplicio. Mi organismo no respondía”, relata Intxausti, agarrado por un virus que le noqueó tras un buen comienzo de año. Sonreía Intxausti en el podio de la Volta a la Comunitat de Valencia antes de que saboreara el peor de los besos. “La verdad es que empecé bien el año. Tenía muchas ilusiones puestas en esta temporada, con el cambio de equipo, pero todo se fue al traste con el virus”.

La enfermedad del beso, puñetera, envenenó el organismo del vizcaino, debilitado al extremo, inanimado. “Estaba sin fuerzas, con el cuerpo cansado. Al principio, tenía los síntomas de un resfriado fuerte”, rememora Intxausti, al que tardaron en detectarle el mal, comúnmente conocido como la enfermedad del beso porque su sintomatología se camufla con facilidad con dolencias como la gripe o las anginas. “De hecho, tuve las amígdalas muy inflamadas, con pus”, explica el corredor vizcaino, obligado a renunciar a la Vuelta a Andalucía. Durante esos días desconocía el ciclista que estaba incubando un virus que barre el organismo y que en su recorrido inflama órganos como el bazo y el hígado. Intxausti no respondía al tratamiento contra la gripe que le prescribieron en un primer momento. “Tenía fiebre. No me podía poner de pie. No mejoraba”. El virus le anuló para la Vuelta al País Vasco. Le tachó.

Fue el inicio de una pesadilla, un paseo por las cenizas, una bajada a los infiernos de la impotencia y la incertidumbre. Un viaje que le ha borrado de la competición. “Lo malo con la mononucleosis es que no existe un remedio concreto. Se trata de descansar y que el virus te deje en paz”. No hubo bandera blanca para Beñat Intxausti, irreconocible frente a su reflejo. Ingrávido, la energía quedó atrapada en un agujero negro. “Perdí el apetito y me encontraba muy cansado. Dormía diez horas del tirón y me echaba siestas de hora y media o dos horas al día. No podía hacer nada. El cuerpo no me respondía”, relata Intxausti, que la pasada semana comprobó que el virus abandonó su sangre, aunque continúa latente en el organismo. “Eso siempre lo llevas, la cuestión es que no reaparezca otra vez”, expone el corredor, obligado a llevar vida sosegada de un jubilado a los 30. “No levantaba cabeza. Era desesperante”, cuenta Beñat, que se aferró con fuerza a la red emocional tejida por su familia, su novia y los amigos. El soporte para el día a día. “Ellos son los que te aguantan. En eso me he sentido muy protegido y comprendido, pero lo he pasado mal”.

Tanto que Intxausti decidió cortar con el ciclismo tras un julio devastador en lo anímico que le reclutó en la soledad, en el retiro de la duda, ajeno al latido del deporte que ama. “No quería saber nada de ciclismo. Desconecté del todo”, se sincera Intxausti, refugiado en el búnker del cariño de su entorno para sostener las descargas de la zozobra. “Cuando estás así, sin poder hacer lo que más te gusta… ver las carreras me resultaba imposible”. “No estamos hablando de que te rompes la clavícula, en la que tienes unos plazos y vuelves a competir. Con esto no sabía cuándo podría volver”. La mononucleosis le trucó el calendario. Las jornadas, estiradas al infinito. La mirada, triste, nostálgica, clavada en el techo. “Lo de julio fue un bajón, todo un mazazo, porque me encontraba mejor, pero la realidad era otra. Lo peor de todo es que no sabes qué pasará y esa incertidumbre te va minando por dentro”, desliza Intxausti. El vizcaino se tumbó en el diván. “Le di muchísimas vueltas a todo, me comí la cabeza un montón. Se me ha hecho muy duro. Hubo momentos en los que me veía fuera del ciclismo”.

No solo era refractario Intxausti a la bicicleta, también le costaba al vizcaino subirse al traqueteo de una vida normal, de simple ciudadano. No era Intxausti un vecino más porque el cuerpo, con las defensas desarmadas, le negaba la reconciliación. Cuerpo y mente despegados, sin encole posible. La bisagra de la esperanza como salvavidas. “Mi vida era descafeinada, muy light. No podía hacer ningún esfuerzo porque el cuerpo lo tenía muy débil”, desgrana Intxausti, que se colgó de la paciencia, de los consejos de los médicos y de la resignación para combatir al virus. “No te queda otra. Yo hacía todo lo que los médicos me decían, pero no depende de uno o de un tratamiento que el virus se vaya”. La mononucleosis no tiene fecha, si bien Intxausti pensaba que la dolencia podría durar un par de meses. Eso es lo que le dijeron los médicos al principio, en febrero. El corredor ya no tiene rastro en la sangre.

Reconstrucción

Intxausti se enfrenta ahora al reto de reconstruirse, a reforzar el sistema inmunológico para volver a sentirse ciclista, algo que apenas cató durante un curso que le dejó el paladar amargo. Un trago tan duro como indigesto. Palo duro. Palo seco.

“Ahora toca ir suave suave. Sin prisa. No queda otra. Estoy combinando la piscina con algo de actividad en el gimnasio y paseos en bicicleta de apenas hora y media. Parezco un globero”, añade con humor Beñat Intxausti, que cuenta que su madre le pregunta cómo le va en sus primeros contactos con la bicicleta y él le dice que se parece a “Aldeko, un conocido que es cicloturista”. En su reconstrucción, el vizcaino no empezará desde cero, sino desde más abajo, allá adonde le ha llevado la mononucleosis. Beñat quiere ser persona para ser ciclista. Es su hoja de ruta. Paso a paso para salir del sótano, su punto de partida. Desde ese lugar deberá dar con el interruptor de la luz e iluminar la senda del regreso al ciclismo, el deporte que ama. “Digamos que empiezo desde menos diez, ni tan siquiera de cero, y eso lo complica todo. Sé que el regreso será duro. Tengo claro que será un camino largo, pero tengo ilusión por recorrerlo”. Volver a empezar para ser el mismo.

Fuente: www.deia.com